Hay muchas claves que se esconden tras las conductas violentas y de intolerancia por parte de los menores y conocerlas es clave para poder atajarlas.

¿Qué hay detrás del incremento de los delitos cometidos por menores, sobre todo los relacionados con la violencia en el ámbito familiar? 
La violencia, tanto la de género como la familiar, tiene una estructura parecida, en el sentido de que son formas aprendidas de relación entre las personas.

Todo está enmarcado en el ámbito de la desigualdad y, en el caso de los menores, forma parte de un empoderamiento de estos sobre sus progenitores. En este caso hay que reflexionar sobre la permisividad y la falta de educación en valores por parte de los padres, que en muchos casos se debe a falta de tiempo, y todo eso afecta al propio desarrollo de los menores y de la familia.

¿Hay un perfil que responda al de menores conflictivos? 
No, pero sí hay contextos de mayor permisividad y de darle siempre a los niños lo que quieren en el momento que ellos quieren. Al darles todo inmediatamente, sin manejar los tiempos, los niños no llegan a desarrollar tolerancia a la frustración, que es una parte importante del desarrollo emocional.

En nuestras vidas no vamos a poder tenerlo todo en todos los momentos y eso es algo que hay que enseñar a los menores desde las primeras etapas. También afectan los dispositivos electrónicos: darles el teléfono para que jueguen o ponerlos delante de la tele y así tener más tiempo para nosotros... Eso los sobreestimula pero no permite un desarrollo más integral, sino solo satisfacer esa necesidad inmediata.

¿Qué alternativas tienen las familias en las que hay menores con comportamientos conflictivos? 
Deben empezar a orientarlos hacia una mayor tolerancia a la frustración, ayudarlos a que aprendan a gestionar sus propias emociones, y para eso es necesario tener más tiempo para ellos, pero tiempo de calidad, no solo en cantidad.

Jugar al aire libre y con los amigos, es decir, socializar, también es importante. Lo contrario provoca carencias que generan falta de habilidades y eso también causa frustación que, muchas veces, se refleja con actitudes agresivas e intolerantes...

¿Y qué hay que hacer una vez que ya está instalada una conducta violenta? 
Es complicado, porque lo que hay que hacer es desaprender esa conducta de violencia y aprender otras formas de manejarse.

Cuando la situación se ha desbordado y hay conductas violentas y de intolerancia repetidas en el tiempo, incluso en la propia escuela o en la calle, y la gestión de la ira o de la rabia está descontrolada, entonces empieza a haber un trastorno de conducta y hay que tomar medidas. Cuando los padres no son capaces de manejarlo, es el momento de pedir ayuda.

¿A partir de qué edades es más difícil reconducir esas situaciones o cuándo hay que recurrir a esa ayuda profesional? 
El momento de hacerlo es cuando se da la circunstancia en la que los padres se sienten desbordados. Lo que no se debe hacer es dejarlo pasar y asumir conductas agresivas o violentas. Cuando un menor emite esas conductas con sus padres lo que hace es ejercer poder sobre ellos y ese poder es instrumental, porque quiere conseguir cosas.

Si dejamos que continúe así, la situación empeora, mientras que cuanto antes se intervenga antes se puede corregir y cambiar.

Publicado: 27 de Agosto de 2018